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Mi masturbación


A muy temprana edad, quizá porque fui una de esas niñas que creció sola, sin amigos y con muy pocos intereses o habilidades a la vista, la curiosidad por mis sensaciones y sobre todo por el placer, salieron a la vista. La primera chica que me gustó, fue a los 7 años, aún no entendía, que a las mujeres no les debía gustar otras mujeres, le escribí una carta y se la entregué en el baño del colegio, no era más que un papel declarando la admiración a su rudeza, era mayor que yo y siempre un séquito de mujeres la seguían.

Después, en el colegio de monjas que estudié no me interesó ninguna chica, no había más que ver que un rebaño de obediencia con uniformes por debajo de la rodilla, de cuadros, cafés, medias estancadas en los tobillos, camisas de cuello alto que daban alergia, empatadas por moños largos, también cafés, que ejercían con disimulo, nuestro degollamiento, así, de reojo, nos iban ahorcando. No pasaba nada, porque no se nos permitía nada, los pasillos eran fríos y grises, y era más grande la capilla que el patio donde podíamos jugar.

En el colegio de monjas, con el cura que nos confesaba, aprendimos que Dios castigaba, porque a veces nos portábamos mal, porque era superior en fuerza y porque sabía qué era lo mejor para nosotras. Como de niña jamás se me permitió demostrar la ira, niña mala, encontré mecanismos de autoflagelación para soportarlo todo. Aguantar la respiración hasta marearme, darme contra las paredes o golpearme la cabeza con las manos, arrancarme la piel de las manos con las uñas, cortarme los brazos con cuchillas, apagarme cigarrillos en los muslos, y más, y más…

La relación que tuve con el dolor para calmar el ser, terminó siendo placentera y así, empezó la historia de mi masturbación. La excitación, lo que comprendía como pringonasos alrededor de mi cuerpo y mi vagina, vinieron en el único formato que entendía, disfrutaba y que mis padres jamás iban a censurar, los libros. Leía clásicos siendo pequeña, no hacía falta hurgar demasiado para encontrar escenas de dominación entre un hombre y una mujer. El maltrato y la opresión han sido representados en cada una de las obras referentes de esta humanidad, violenta.

Mi sistema de protección contra el mundo siempre fue el mismo, la imaginación, cuando estuve muy sola y triste, creé amigos que no eran de este mundo y que algún día vendrían no por un rato, sino a llevarme, como cuando a Cenicienta la salva un príncipe, pero los míos se retrataban como extraterrestres, mucho más reales. Masturbarme imaginando escenas de libros, pero con personajes de mi vida real nunca fue difícil, aprendí a venirme con el simple roce y presión de las piernas, así que era mi mejor arma en cualquier momento, incluso, tardé, años en sentir placer con mis dedos o pasándome una almohada.

La acción fue y es repetitiva, desarrollaba imágenes en los libros que me gustaban y los transformaba con mis propios personajes para crear una película porno de sometimiento. Después, cuando me empezaron a gustar los chicos o cuando me dijeron que debían gustarme, los metí a mi cama a la hora de dormir y los puse a maltratarme.

El asco que tuve durante años fue sin precedentes, por sentir placer, por sentir placer siendo oprimida, por calentarme o mojarme con el simple hecho de imaginarlo unos segundos. Sabía que masturbarme estaba mal aunque nunca me lo dijeron mis padres, sabía que estaba mal porque me pulí en una sociedad que me enseñó que yo era un ser fallido y que cargaría tantas culpas y tantos pecados como fuera capaz mi cabeza de recordar, como si fuera parida por Lilith, hermana de Eva y ahorcada por Adán.

El sometimiento y el castigo llegaron como narración a mí desde pequeña, se ha transmutado a todas las formas de sexo, y si lo analizo, es el patriarcado tocándome ahí, la puerta con lo que más me gusta hacer: tirar cochinamente. No concibo el placer lejos del sometimiento, ni los orgasmos sin el daño, aunque por lo menos sea imaginario. Si pudiera nombrar una de las cosas menos feministas que tengo puntualmente debe ser esto. Sé que vino de mi familia, sé que vino de la iglesia, sé que vino de mis colegios, sé que vino de mi construcción femenina, pero tampoco sé, a la final, qué hacer con eso.


1 comentario

  • Me encantan este tipo de testimonios existencialistas, sinceros, sentidos, con dolor, con gritos de liberación, con sutil morbosidad, pero siempre en este tipo de textos, lo vivencial predomina sobre el imaginario o la fantasía. Es un texto valioso y valeroso. Un abrazo.

    Hector Cediel

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